Eros


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Por: Elena Amatista


En la presente publicación se presenta el segundo poema de la trilogía Le Bohemiens, titulado Eros. Se hace alusión a los rituales carnavalescos donde las almas y los cuerpos se dejan seducir por el hedonismo provocado por la música, los licores espirituales y el encanto de los seres. Con ustedes,

 

EROS

 

Utópica aventura colmada de desventuras

Milagro incauto que llama a las pasiones

Canto de sirenas; dulce, sublime y cruel,

 


Ritmos flameantes invocando la obsesión

Danzas de fuego entre labios

La tentación nos ha citado a todos

 


Resuena el seductor coro de Ángeles caídos

¡Preparad el Aquelarre!

¡Invocad a las Ninfas!

Alegradlas con el artificio de la música...

 


Mientras que cuerdas y cantos vibrantes agotan la razón,

la locura renace, la melodía se hace voraz

La diosa apasionada canta un himno demente:

 


Magia de tinieblas y luces de hielo; antorchas plateadas llevaban el fuego,

Fuego rojo, espejos de agua, manos deseosas de carne,

Carne, deseosa de vino...

 


¡Dionisio! Baila y toca mis labios!

¡Toca nuestra piel. Despierta el sentido de estar vivos!

Es hora de ver la luna brillante, el fuego flameante,

El viento ondulante, El agua danzando en nuestro cuerpo..

 


Cuerpos exorcizando los terrores de la naturaleza

Cavando más hondo dentro de sí, los fantasmas que no quieren ver

Vacío devorador, dulce y aterrador...

Esencia que atacas la rígida mojigatería que no entendéis razones;

Clímax del instinto...

 


Pero hasta Eros se rinde al cansancio, a la esencia derramada...

Errantes fugitivos por el camino del dolor y el placer.

 

 

A continuación un poema perteneciente al libro de poemas Ditirambos Dionisiacos (Dionisos–Dithyramben, 1888), escrito por Friedrich Nietzsche. En el libro se incluye una polifonía de voces donde aparecen Dionisio, Ariadna, y Zaratustra; también se aprecian menciones intertextuales a obras del escritor tales como: "El Ecce Homo", "La Gaya Ciencia" y "Así hablaba Zaratustra" principalmente. Juan Prieto Cané afirma en el prólogo del libro de la edición: Los libros de Orfeo ( Buenos Aires, 1994), que está obra "debe juzgarse a la luz del análisis de su filosofía, su poesía, y el tránsito a la locura que la acompaña."

El siguiente poema es un canto al viento Mistral; viento frío, fuerte. El viento se lo lleva todo; purifica y renueva.

 

Al mistral

 

Viento mistral, cazador de nubes,
segador de penas, despejador del cielo,
rumoroso ¡cómo te amo!
¿No somos tú y yo de un mismo regazo
primogénitos, a un mismo destino
perpetuamente abocados?

 

Por resbaladizos caminos rocosos
corro danzando hacia ti,
danzando, mientras tú silbas y cantas:
Tú, que sin barca ni remo,
como el más libre hermano de la libertad
saltas sobre mares encrespados.

 

Apenas despierto oí tu llamada,
me lancé a los acantilados,
al amarillo muro junto al mar.
¡Salve! Ya llegabas tú, cual clara
diamantina catarata,
victorioso desde las montañas.

 

Por llanuras celestes
vi correr a tus corceles,
vi el carro que conduces,
vi tu mano estremecerse
cuando descargabas el látigo como un rayo
sobre el lomo de los potros.

 

Te vi saltar del carro,
y aún más veloz descender,
como un dardo te vi
vertical tocar el fondo,—
como un rayo de oro a través de las rosas
al despuntar la aurora.

 

Baila sobre mil espaldas,
crestas de olas, ardides de olas—
¡Salve quien nuevas danzas invente!
Bailemos de mil maneras,
¡libre —sea llamado nuestro arte,
gaya —nuestra ciencia!

 

¡Tomemos un capullo
de cada flor para nuestra gloria
y dos hojas más para la corona!
Dancemos como trovadores
entre rameras y santos,
¡entre el mundo y Dios, la danza!

 

Quien con los vientos no baile,
quien por lazos esté atado,
rengo, senil o lisiado,
hipócrita, farsante,
necio de honra, ganso virtuoso,
¡huya de nuestro paraíso!

 

Arrojemos el polvo del camino
en las narices de todos los enfermos,
¡espantemos sus crías enfermas!
¡Despejemos toda la costa
del aliento de pechos estériles
y miradas sin coraje!

 

Combatamos a los turbadores del cielo,
oscurecedores del orbe, formadores de nubes,
¡iluminemos el reino de los cielos!
Rujamos... Oh el más libre espíritu
de todos los espíritus, a dúo contigo
ruge mi dicha como la tormenta.

 

—Y eternamente en recuerdo
de esta dicha, conserva su legado,
eleva contigo la corona.
¡Lánzala alto, más allá, más lejos,
asciende por la escala celeste,
y cuélgala de las estrellas!